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Si por algo se caracteriza Margaret Mazzantini es por enfrentarnos a historias de amor que se salen de lo convencional y narrarnoslas de una manera sensible con toques de brusquedad en la forma de relacionarse sus protagonistas, ya lo hizo con excelente maestría en No te muevas llevada al cine por su marido el director Sergio Castellito y ahora lo vuelve a hacer con Esplendor,  en un contexto y con unos personajes totalmente diferentes.

La novela comienza en los años 70, Italia vive los años de plomo, relata la historia de dos niños vecinos, Costatino: el hijo del portero, un tanto rudo pero sobre todo un chaval noble y Guido, un joven hijo de pequeños burgueses al que le persigue siempre un aurea de eterna tristeza. Porque Guido esta marcado por la ausencia de esa madre a la que adora pero no comprende, a la que  convierte en una figura idealizada, frente a ese padre rígido.

Al llegar la adolescencia surge entre los jóvenes una historia de amor, que al menos a Guido, el narrador de la misma, le perseguirá toda la vida. Un amor que les trastorna y hace que cambie su manera de percibir el mundo, para Guido se pone de relieve su verdadera identidad, aunque el rechazo de la sociedad hace que le cueste reconocerla en público.

A pesar de la pasión, las dudas, el verdadero amor, las circunstancias hacen que los dos jóvenes vivan en universos separados aunque siempre saben que comparten el mismo planeta. Guido se irá a vivir a Londres y emprenderá una vida de profesor de universidad, en la que le acompañan personajes amables y comprensivos pero siempre ahonda en él la nostalgia, no de Roma, sino de Costatino.

Costatino seguirá en Roma se convertirá en un hombre con una posición acomodada y una vida rutinaria con su restaurante, lo que nos hace ver la autora es que parece que este último esta más conforme con su vida que Guido.

Esplendor es una maravillosa historia de amor homosexual narrada por Mazzantini presentándonos unos personajes en los que aflora la vergüenza, la venganza, las múltiples heridas que cuesta cicatrizar, la complicidad y al final nos lleva a un lugar inesperado en el que tal vez nada nunca ha sido lo que parece.

“La mejor parte de la vida es la que no podemos vivir, Guido”

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