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la-impaciencia-del-corazonLa impaciencia del corazón o la piedad peligrosa, a mí me gusta más este título puesto que me parece más acorde con el texto. Hay impaciencia del corazón pero de lo que nos habla Stefan Zweig en su obra ante todo es de la compasión o la piedad y a los malentendidos que lleva esta.

Ya en obras anteriores como en Veinticuatro horas en la vida de una mujer, utiliza la misma técnica narrativa, el narrador es el protagonista de la historia, Anton Hofmiller, ahora un militar condecorado, que se la narra a una persona a la que un charlatán (este es el primer narrador de la novela) había hablado de él como un gran hombre, pero la desconfianza de Hofmiller hacia ese personaje lo que en Viena se llama un “adabei”, hace a nuestro hombre exponer de primera mano los hechos.

Estamos en 1914, en los meses previos a la primera guerra mundial, Anton Hofmiller tiene 25 años y está destinado al cuerpo de ulanos entre Viena y Budapest, el imperio austro-hungaro vive sus últimos días de esplendor. En ese lugar dejado de la mano de Dios, la vida de nuestro hombre es aburrida, hasta que un día es invitado a un baile al castillo de Kekesfalva, un terrateniente de la zona, este hombre tiene una hija: Edith, la cual se encuentra postrada en una silla de ruedas, Anton no lo sabe y tras bailar con varias jóvenes se da cuenta de su torpeza al no sacar a bailar a la hija del anfitrión, mas cuando lo intenta su sorpresa será mayúscula al darse cuenta que la joven es paralítica. Con el objeto de enmendar su error al día siguiente le envía flores y a partir de ese momento acudirá con frecuencia al castillo a visitarla, más por compasión que por otra cosa, entablando una amistad con la joven, pero lo que para Hofmiller es amistad para la joven es amor, hasta que por una serie de circunstancias llegan a prometerse, pero el teniente no lo admite ante sus compañeros.

Si analizamos las relaciones que se establecen en la historia tanto la de Kekesfalva, comienza como una mezcla de compasión y culpa, la del doctor Condor, el personaje más noble de la novela, se puede ver como una especie de compasión, aunque no es así, y en la que se ve envuelto el teniente Hofmiller, es una historia de compasión, impaciencia y culpa.

La novela termina con la caída del imperio austrohungaro y la llegada de la segunda guerra mundial.

Una de las escenas más hermosas de la novela, es cuando la joven Edith tras una partida de ajedrez, coge las mano del teniente, se las lleva al corazón y comienza a acariciarlas, ese párrafo es una descripción de las más bellas que he leído en mucho tiempo.

En el mundo de ayer, en el que desarrolla la historia de Zweig, el honor era una cuestión importante, en nuestro mundo si se hubieran dado las mismas circunstancias todo parecería un malentendido y no tendría ni las mínima  importancia.

“¡Compasión, muy bien! Pero hay dos clases de compasión. Una, la débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón por liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá. Sólo cuando uno llega hasta el final más extremo y amargo, sólo cuando uno tiene la gran paciencia, puede ayudar a los hombres. ¡Sólo cuando se sacrifica a sí mismo, sólo entonces!”

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